Mi padre don Ernesto: «Chiricano de corazón»

A continuación, transcribimos del puño y letra de médico Ernesto Pérez Balladares, padre de El Toro, una breve reseña de su historia de vida:

Nací en la Ciudad de Masaya, Nicaragua, el 25 de abril de 1903. Entré al Kindergarten que dirigía la Srita. Fidelina Borges y un día tuve una urgente necesidad de ir al servicio (escusado de huecos) cinco para niños y cinco para niñas. La de los niños todos ocupados y uno de las niñas estaba abierto, yo le pedí que saliera, ella me dijo que no salía, yo la agarré del brazo y la halé, ella empezó a grita y llegó la Directora, me puso unas orejas de burro y me subió a una mesa para que los otros niños me vieran. Tal vez se hizo la disimulada para que yo me saliera por una ventana y me fuera tal y como lo hice y me expulsaron de la escuela.

Cuando tuve la edad, me inscribieron en la escuela primaria de Don Federico García Osorno y al terminar los seis años fui condecorado por mi aplicación y buena conducta.

Luego en el instituto de varones de Masay, prestigioso plantel, donde acudían jóvenes bachilleres. Luego me mandaron a la Escuela de Medicina de León, donde hice tres años y de ahí a España donde terminé la carrera en la Escuela de Medicina de Santiago de Compostela. Después hice tres cursillos, dos en Barcelona, uno en Madrid y uno en París.

Embarqué para Panamá y después iría a Nicaragua. Pasé por Santiago donde visité mi amigo el Dr. Horacio Díaz Gómez y luego a David, donde conocía a la que desde el 20 de julio de 1933 es mi esposa, María Enriqueta González Revilla: 62 años de casados.

Nos fuimos a Valencia, España, donde mi hermano Ofilio estudiaba medicina. Vino la guerra civil, verdadera catástrofe, miles y miles de muertos. Omito todas las peripecias de esta tragedia: dos veces salimos de España, la primera vez fuimos muy recomendados al Presidente de España, Dr. Manuez Azaña, que nos sirvió muchísimo. Europa temblaba, pues Hitler invadió Checoslovaquia y los ingleses y franceses declararon que si invadían a Polonia irían a la guerra; y España como aliada de Alemania e Italia irían también y ya nosotros no soportábamos. Yo había sido nombrado médico de cuatro pueblos de la Provincia de Salamanca y me defendía muy bien, pero el miedo a la guerra era más grande.

En el último barco que salía de Dover llegamos a Panamá. Hablé con el Ministro de Salud y firmé un contrato para servir o en hospitales o en unidades sanitarias. Me mandaron como Director de la Unidad Sanitaria de David. Al morir el presidente Arosemena, reconoce el contrato el Gobierno del Dr. Arnulfo Arias M. Sin estar en el contrato, me obligaron a atender la Unidad Sanitaria de Concepción y luego también, sin estar en el contrato, me obligaron a establecer la Clínica profiláctica de Puerto Armuelles.

Pedí mi examen de reválida, no me lo dieron. Al año siguiente lo volví a pedir, tampoco me lo dieron; a los tres años y medio me dieron el examen. Nos presentamos dos médicos, los dos éramos nicaragüenses. A mi me aprobaron y al otro lo reprobaron. Los médicos examinadores fueron el Dr. Antonio Denis, ya muerto, el Dr. Alfredo Figueroa (vivo) y el Dr. Sosa (el Pato). El examen fue en el Palacio Legislativo, cada uno fue entregado el sobre con diez preguntas y los sobres con las preguntas al Sr. Roberto Chevalier, Secretario de la Junta Nacional de Higiene. En ese entonces no había Facultad de Medicina. Aprobé el examen, me dieron la autorización para ejercer libremente y ese mismo día renuncié a la Dirección de la Unidad Sanitaria.

El Dr. Rafael Hernández me invitó a trabajar con él y yo acepté. Tuvimos la Clínica Chiriquí; un tiempo después nos separamos y yo me establecí solo.

Mi hijo Ernesto nació el 29 de junio de 1946. Mi hijo Mario, el 29 de septiembre de 1949. Ernesto recién nacido sudaba mucho con el calor de David y le alquilé al entonces ministro Manuel Virgilio Patiño una casa que tenía en Boquete y ahí el niño dormía feliz. Al terminar el contrato con el ministro Patiño, le alquilé una casita al Sr. Eduardo González. Cerca de por medio había un lote lleno de monto. Lo compre e hice mi que casa que la terminé a…

… mis hijos y yo vamos a misa y todos vamos a comulgar y a pdir pos su salud», gesto que yo agradecí con todo el alma y que jamás podré olvidar. La Radio Chiriquí difundió la noticia a toda la Provincia y un amigo a quien yo le atendía a sus hijos muchas veces, llamado Julián Guerra, que estaba trabajando creo que en Cerro Punta, se vino a David y entró en mi habitación donde yo estaba con oxígeno y la venoclisis. Me tomó de la mano, me la apretó y salió de la habitación. Ese gesto de cariño me conmovió en lo más íntimo. Desde ese día en adelante, lo empleados encargados de vigilar las entradas del Hospital apuntaban el nombre y el apellido de las personas que preguntaban por mí. Fueron 50, 80, 100, 150 diariamente y muchas familias me enviaban platos de comida y una querida amiga me mandó a instalar un televisor.

Tuve mis complicaciones renales y cuando ya me sentí bien, le dije a mi esposa: «de gran entierro te has perdido». Ella se puso a llorar y tuve que consolarla. A los once días salí de la Clínica «con el corazón lleno de satisfacción por tantas muestras de cariño de aquel pueblo a quien yo había servido con tanto desinterés y cariño. Por eso es por lo que yo me siento chiricano de corazón».

Ernesto Pérez Balladares (padre) murió a la edad de 97 años el 17 de mayo del año 2000.

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