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Los Pérez Balladares: Maestros de la autosuperación

Generación tras generación se dedicaron a una enorme hacienda en Nicaragua. Alcanzaron el máximo de su productividad en los tiempos de la Revolución Liberal del general José Santos Zelaya, que llevó a esa nación a ser la más rica de la región. Pero la guerra civil a inicios del siglo XX acabó con todo, incluyendo el patrimonio familiar de los Pérez Balladares. Solo les quedó la dignidad, su preparación y las ganas de salir adelante. Así llegaron a Panamá, donde pusieron todo su talento al servicio del país.

Don Ernesto Pérez Monterrey y doña Luisa Balladares, abuelos paternos del presidente panameño Ernesto Pérez Balladares, levantaron a sus hijos Virgilio, Ofilio, Ernesto y Melania en una enorme finca que heredaron de los padres de doña Luisa. Era una maravillosa extensión de terreno muy próspera y bien ubicada en Nicaragua, que les proporcionó la suficiente estabilidad económica como para enviar a dos de sus hijos a estudiar medicina al exterior.

Por esos días regía en ese país un gobierno liberal, que se había establecido en 1893 con el general José Santos Zelaya a la cabeza. Una audaz política de modernización convirtió a Nicaragua en la nación más rica de la región. Su solvencia y los excedentes económicos fueron posibles porque al principio de la administración de Zelaya las relaciones con Estados Unidos fueron tan armoniosas, que se dieron toda clase de facilidades para que los inversionistas estadounidenses se establecieran en masa en ese país.

Aquella luna miel entre Washington y Managua tuvo un final abrupto cuando el presidente Theodore Roosevelt desechó la construcción de una vía interoceánica en Nicaragua y se empeñó en comprar a los franceses la obra que ya habían iniciado en Panamá a través de la Compañía Universal del Canal.  Todos los detalles de esta situación los relata el presidente Ernesto Pérez Balladares en su autobiografía; pero en resumen podemos decir que un furioso y decepcionado general Zelaya se dedicó a consumar una revancha. Abrazó un feroz nacionalismo que le sirvió de base para implementar una agresiva política tributaria contra las empresas estadounidenses constituidas en Nicaragua. Las tensiones aumentaron progresivamente al punto de que desde Washington se brindó un fuerte apoyo a los opositores del general Zelaya para desestabilizar el gobierno. Todo terminó en una brutal guerra civil y en la ocupación del ejército estadounidense del territorio nica que duró dos décadas, entre 1912 y 1933.

Perderlo todo

En medio de este grave conflicto político, Don Ernesto Pérez Monterrey y doña Luisa Balladares siguieron trabajando en su finca. Uno de sus hijos, Ernesto, que nació el 25 de abril de 1903, inició sus estudios en la Escuela de Medicina de León, en Nicaragua, cuando recién cumplió los 17 años en 1920. Continuó con su carrera en Nueva Orleans, Estados Unidos; pero al poco tiempo una tragedia lo obligó a regresar a su país natal. Y es que mantenerse alejados de la política no salvó a los Pérez-Balladares de que su hacienda finalmente se convirtiera en el campo de batalla de esa espantosa y prolongada guerra civil. Tras abandonar su casa, debieron enfrentar la ruina económica.

De regreso en Nicaragua, el joven Ernesto se inscribió de nuevo en la Universidad de Managua. Cuando la familia Pérez Balladares pudo volver a su hacienda, vieron con amargura lo que había quedado: una tierra devastada y montañas de huesos de ganado. Los conservadores y los liberales se comieron todas las reses de la propiedad. Fue la única vez que aquel estudiante de medicina vio llorar a su padre.

A los pocos meses, en 1922, el joven Ernesto fue llamado por el ejército nicaragüense para participar en una de las tantas confrontaciones de la época. Afortunadamente, en esa oportunidad no se disparó ni un tiro. Sin embargo, los soldados casi pierden algunos dientes intentando comer unas galletas muy duras, llamadas “totoposte”, que acompañaban un pocillo de café. Luego de ocho días sin novedad, licenciaron a todos esos oficiales y el evento quedó grabado en la memoria nicaragüense como la “Guerra de las Galletas”.

El joven Ernesto, que no se sentía a gusto estudiando en Managua, se las ingenió para  terminar su carrera en España, en la Universidad de Santiago de Compostela. Luego tomó una serie de cursillos en Barcelona, Madrid y París. Cuando finalmente obtuvo todos sus títulos en 1929, hizo maletas para regresar a Nicaragua. Quería comenzar a trabajar cuanto antes y ayudar a sus padres a salir de la ruina que les había dejado la guerra. Para ese momento uno de sus hermanos, Ofilio, también había comenzado a estudiar medicina en España, así que se organizaron para retornar juntos a ver a sus padres.

Cosas del destino

Por alguna razón poco clara, a los hermanos Pérez-Balladares les tocó hacer escala en Panamá. Entonces decidieron aprovechar la oportunidad para visitar en Santiago de Veraguas al Dr. Horacio Díaz Gómez, un buen amigo que había hecho el joven Ernesto en sus días de estudiante. Después del ameno reencuentro, Ernesto y Ofilio decidieron conocer un poco más de la nación canalera y viajaron hasta Chiriquí.

Teniendo pocos días en David, los hermanos paseaban por un parque causando intriga entre los habitantes.  Pronto en la pequeña ciudad se supo quiénes eran y fue una información afortunada para el único médico de la comunidad, el Dr. Manuel González-Revilla, pues se enfermó en la tarde de ese mismo día. Para despejar dudas con su diagnóstico y cotejar algunos de sus conocimientos con los adquiridos por el recién graduado en España, “Papá Doctor”, como le decían todos, hizo llamar al forastero. Al joven Ernesto le pareció un honor conocer al querido médico de la pequeña ciudad y acudió a la cita sin sospechar que terminaría enamorado y casado con una de las hijas de la familia González-Revilla Delgado: María Enriqueta.

Al poco tiempo, el 20 de julio de 1933, Ernesto Pérez Balladares y María Enriqueta González-Revilla Delgado se casaron. Años después, la pareja tuvo dos hijos. Su primogénito, que también lo llamaron Ernesto, asumió en 1994 la Presidencia de Panamá. A su segundo hijo lo llamaron Mario.

Establecerse en Panamá

El joven Ofilio también terminó enamorado de una panameña. Se casó con una señorita de Santiago de Veraguas llamada Margot Sierra. Fue así como los hermanos se olvidaron de regresar a su país natal y se dedicaron a escribir una próspera trayectoria personal y profesional en este “Puente del mundo, corazón del Universo”.

Con el tiempo, lograron traer a Panamá a Don Ernesto Pérez Monterrey y doña Luisa Balladares. En su libro El Panamá que construimos, el presidente Pérez Balladares revela las memorias que conserva de sus abuelos paternos:

«Mi hermano y yo tuvimos la fortuna de conocerlos. Recuerdo que los visitaba todos los días, porque vivían cerquita de nuestra casa. Siempre me daban 5 centavos para que me comprara algo. ¡Eran muy cariñosos! Tanto como mis tíos Virgilio y Ofilio, que con el tiempo también lograron radicarse en Panamá. ¡La verdad que era gente muy especial y amorosa!

Solo mi tía Melania, quien se casó con un señor llamado Ofilio Lacayo, permaneció en Nicaragua. Le tocó sobrellevar décadas de conflictos y enfrentamientos armados. Sinceramente, no sé cómo lo hizo.  Una semana antes de empezar a escribir este libro, en diciembre de 2018, murió mi único primo-hermano sobreviviente de ese matrimonio. Se llamaba Ofilio Lacayo Pérez-Balladares y soportó hasta el último de sus días una etapa mucho más compleja del añejo conflicto nicaragüense».

El cónsul honorario

Otra de las anécdotas destacadas por el mandatario panameño en su autobiografía fue el papel que jugó tu tío Virgilio luego del primer golpe de Estado que le dieron al presidente Arnulfo Arias cuando éste se encontraba en Cuba:

«Tres días después de todo este lío, el 14 de octubre de 1941, Arias llegó a Panamá a través del puerto de Cristóbal en el vapor Cefalú. Ricardo Adolfo de la Guardia envió a un representante, Galileo Solís, a convencer al Arnulfo de que no desembarcara. Pero fracasó en su intento y el presidente depuesto se entregó en horas de la noche a las autoridades panameñas. Lo encarcelaron y luego, a la semana, lo enviaron al exilio a Nicaragua. Para evitar que retornara al país, el Ministerio de Relaciones Exteriores envió una comunicación a todo su servicio exterior ordenando la anulación del pasaporte diplomático de Arnulfo. Precisamente en ese tiempo mi tío Virgilio, hermano de mi papá, era cónsul honorario de Panamá en Managua. Llegó a ese cargo, que ejerció ad honorem hasta 1944, a través de su esposa Berta Briceño, que era panameña y tenía cierta conexión con gente del gobierno. A él le tocó entonces responder las instrucciones de la cancillería comunicando a las compañías aéreas y de vapores establecidas en Nicaragua que se había invalidado el pasaporte de Arnulfo».

Casi tres años después, el 28 de abril de 1944, Virgilio Pérez Balladares renunció al cargo de Cónsul Honorario de Panamá en Managua. Clic aquí para descargar la gaceta oficial en la que se acepta su renuncia.

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