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El niño y el político

¿"Toro" en campaña? Es el título original de esta entrevista realizada por Pauta, en diciembre de 2011, al presidente Pérez Balladares. La publicación inicia con una curiosa anécdota navideña. En su portada, la revista destacaba "Respuestas en noche buena".
Si lo que más disfruta ahora Ernesto Pérez Balladares es aconsejar a sus ocho nietos, y de pronto aspirar en los juegos siempre inesperados de la política, en su niñez fue el paisaje navideño de Boquete y la ilusión de la llegada del Niño Dios y un triciclo.
Redacción: Pauta
Fotos: Jorge Luis Gallardo
Clic aquí para descargar en pdf la entrevista en el formato original: Revista Pauta – Diciembre de 2011

Cuando el expresidente Ernesto Pérez Balladares nació, hace 65 años, su padre, el médico Ernesto Pérez Balladares, tenía 44 años de edad y vivían en la población de Boquete, donde creció y según su juicio «eran las mejores Navidades del mundo».

Entonces bastaba mirar el paisaje y distinguir sin esfuerzo el brote tupido de la hierbita roja que crece por estos días sobre muchos de los potreros del entorno, para entender que la naturaleza prodigiosa que viste de verde este pueblo colgado sobre las alturas de un cielo plomizo, anunciaba -como todavía lo hace-, a llegada esplendorosa de la época de Navidad.

Para Pérez Balladares, el niño, aquel paisaje es inolvidable y lindo porque con la aparición de la hierbita roja llegaba también la ilusión de todos los niños: el árbol de Navidad, el Nacimiento, esperar lo que traiga lo que ahora llaman «Santa Claus», y que en su casa le llamaban el Niño Dios.

Rememorar aquellos tiempos es como si en la mente revolotearan las apariciones alegres de pájaros colibríes volando hacia atrás, chupando las flores blancas de los mirtos perfumados mientras enseñan sus flamantes y coloridos pechos con las alas al viento.

Así fueron de felices sus primeros años en las temporadas de Adviento, contemplativos, pletóricos, animados por las luces de los arbolitos de Navidad, y en medio de noches expectantes previas a la Noche del Nacimiento, que más bien para los chiquillos era la madrugada, porque, vencidos por la espera, caían profundos en los sueños cargados de imaginación reverencial hacia la hermosa tradición navideña.

No faltaron las cenas familiares y sagradas puesto que en ellas reinaba la espiritualidad, especialmente insuflada por el catolicismo que siempre profesó su madre y porque alrededor de las viandas siempre estuvieron las tías queridas, hermanas de su madre y toda su familia. Allí se cruzaban miradas complacidas y preguntas inocentes y surgían narraciones fantásticas acerca de la hermosa leyenda del niño Jesús.

No eran pues para su señora madre las cosas materiales las que ensalzaban el mes de la Natividad sino lo espiritual, el recogimiento, la idea de la paz y los goces del entendimiento entre los seres terrenales, la esperanza y la dicha juntas.

Los niños de su época encargaban al Niño Dios o a Santa Claus generalmente bicicletas o triciclos. Pérez Balladares no se sustrajo a esa tentación y menos aún si a los siete años, mientras iban y venían a la ciudad de David, en la que estudiaba la primaria, a Boquete, donde vivía, su padre le enseñó a manejar en su propio carro. Lo sentaba en sus piernas para que no se durmiera, porque si lo hacía en el trayecto, entonces en la noche no quería dormir y en la mañana no se quería levantar para ir a la escuela. Era como un aliciente, aunque no alcanzaba los pedales del auto.

De modo que pensar en el triciclo era apenas una consecuencia lógica emanada de su ilusión diaria con el auto de su padre. Tal vez creía que en la bicicleta podía prolongar las maniobras de timonel que se daba el gusto de hacer en aquel auto. A lo mejor imitó los sonidos del motor del coche y simuló en su imaginación giros bruscos y peligrosos.

Una Noche de Navidad, sin embargo, ocurrió lo inesperado. Había pedido una bicicleta o un triciclo, y entre dormido y despierto, se dio cuenta de que su padre y madre salían de la casa, ya casi de madrugada, y entonces fue y se sentó cerca del árbol de Navidad y vio que estaban todos los regalos, excepto su triciclo. «A mi papá se le había olvidado en David y a esa hora lo fue a buscar, a las dos de la mañana. Y al día siguiente estaba el triciclo. O sea, que dos más dos, cuatro”.

Cuando el niño creció, entendería el afán de su padre por enseñarle cosas a temprana edad, como por ejemplo, conducir auto: pensaba que jamás vería a su hijo en edad mayor, y siempre quiso hacer de él un hombre responsable.

Con ilusión de adolescente pero con la felicidad de un niño, un día pidió, lo que más le gustaba: un auto, y le llegó. «En efecto, mi padre me regaló un carro una Navidad, cuando yo tenía 13 años. A esa edad tuve mi primer carro, un Volkswagen, que todavía lo añoro, de dos puertas, ñato. Y mi padre me lo compró con el propósito de darme responsabilidad, más que nada, supervigilado, por supuesto, con permiso especial de la Policía. Pero yo manejaba a la escuela desde los 13 años. No de Boquete, porque el carro lo dejábamos en David y bajábamos de David y de allí nos íbamos en carro a la escuela».

Así transcurrió parte de la infancia de quien años después se convertiría en lo que la sociología llama un animal político, y que en su discurrir lo llevó a ocupar la Presidencia de la República entre los años 1994 y 1999.

Cree que su madre influyó muchísimo en su hermano y en él en cuanto a la espiritualidad y formación, y de su padre aprendió a ser responsable, a conseguir objetivos. «Mi padre para mí fue mi inspiración, mi guía, mi amigo. Yo tuve abuelos también. Murieron a temprana edad mía, pero los conocí. Eran los paternos. Mi padre era mi amigo, confidente y era de las personas de las que, sin duda, podía confiarle las cosas, porque sabía que recibía de él los consejos apropiados, incluso como presidente de la República. Esa amistad y esa confianza la continué con mi padre hasta el día que murió».

A ellos los recuerda todos los días, y con más razón, en estos de la Natividad. Como hombre también, especialmente en sus años de primer mandatario de la nación. Iba usualmente en las tardes cuando regresaba de la Presidencia, pasaba a la casa de ellos, que era contigua a la suya, la cual derrumbó para no verla más el día que murió, pues le causaba mucho dolor. Pasaba todas las mañanas antes de irse y todas las noches antes de acostarse. «Ellos me conocían perfectamente bien, él y ella. Me preguntaban. Y siempre les conversaba de las cosas que me pasaban, que estaba viviendo. Más que darme consejos específicos sobre qué hacer o no hacer, siempre recordaban consejos generales, actúa con cautela, con calma, en fin, muy de padre y de madre».

Por estos días de tratados espirituales, el expresidente ha estado muy activo en política pero también reflexivo, como el ser humano que es. Tiene ocho nietos y trata de orientarlos. Quizás emulando a su padre, se ha fijado mucho en el mayorcito que acaba de cumplir 16 años y ya maneja auto.

¿Abuelo consentidor o mandón?

«No, yo no soy mandón, trato de hacer lo mismo que hicieron mis padres conmigo. Casualmente, se fue mi nieto mayor a pasar dos semanas en Londres, era la primera vez que estaba solo. Y yo lo llamé y le dije: «Quiero hablar contigo». Lo único que te voy a decir es lo siguiente: Todo lo que tú hagas tiene una consecuencia, lo bueno y lo malo. Antes de hacer algo, recuerda y trata de pensar cuál es la consecuencia. Eso es todo lo que quiero que hagas. ‘Está bien, abuelo’, le replicó respetuosamente el nieto al otro lado de la línea».

Deseos de Noche Buena (La entrevista pasa a un tono político)

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El expresidente volvió recientemente a los tinglados de la política a través de encuentros partidistas, pactos entre presidenciables y seminarios locales e internacionales. ¿Deseos? ¿Aspiraciones? ¿Ambición? Preguntas y respuestas.

REVISTA PAUTA (RP)
ERNESTO PÉREZ BALLADARES (EPB)
RP: ¿Disfrutó su papel como presidente?

EPB: Más como expresidente. Había un presidente suramericano que me decía, cuando estábamos en la mitad de muchos problemas, recuerdo que era Ernesto Samper, y además porque en Colombia le tienen mucha veneración particular a los expresidentes, y él me decía: «Mira, tocayo, ¿habrá forma de ser expresidente sin tener que pasar por estos suplicios?» Pienso que sí. Uno como expresidente tiene menos presión y además tiene la experiencia de haber pasado por muchas cosas y quisiera podérselas comunicar a los gobernantes, ya que en ocasiones piensan que tú como gobernante lo sabes todo, que no necesitas del apoyo y del consejo de nadie más. Lastimosamente, así somos.

RP ¿Le molestaba mucho el protocolo, como a Torrijos?

EPB: Mucho. Torrijos era extremista. Creo que no quiso ser presidente nunca por una u otra razón, porque odiaba el protocolo. Él tenía una imagen de verse él recibiendo embajadores, credenciales de embajadores en la Presidencia, que para él era abominable. Él no se veía en ese rol. Es una ceremonia tan hueca, tan vacía, pero son las costumbres del protocolo, ¿no? Y el protocolo sí molesta, mucho.

RP: Le pica la lengua ver ejercer a otros el poder?

EPB: Me gustaría poder opinar, pero me freno porque son consejos no pedidos. A veces caen mal. Viene después la actitud ofensiva, la actitud de defensa en contra de lo que tú le has dicho y te lleva a quedarte callado.

RP ¿Adónde van a escorar los expresidentes?

EPB: Dicen que nosotros somos como los muebles antiguos de las abuelas: que a todo el mundo les gusta, pero nadie sabe dónde ponerlos.

RP: ¿Qué significó esa reunión en su casa, la de los presidenciables?

EPB: Nosotros hemos venido formando un grupo que comparte un planteamiento coyuntural frente a lo que está pasando en nuestro partido, y ese planteamiento coyuntural pasaba porque no se hiciera, por ejemplo, la elección primaria en enero del año entrante, en posponerla hasta tanto nosotros tengamos el partido debidamente organizado. Sin entrar a culpar a nadie, porque no quiero culpar a nadie, y lo que trato más bien es de fomentar la unidad, tengo que decir que en muchísimos años nosotros desconocimos las instituciones partidarias. El Frente de la Juventud tenía años de no renovarse, de no existir prácticamente. Acuérdate que se inventaron organismos paralelos, el Frente de la Mujer. Hemos descuidado de una forma increíble el Frente Empresarial, en fin, hay una serie de instituciones internas en el partido que fueron descartadas, puestas de lado y eso significó un debilitamiento de nuestra institucionalidad, que, en mi concepto, es una de las causas que nos llevó a la pérdida electoral. Y no solamente electoral, no me refiero solamente al ejercicio electoral, pero te lo saco a colación: ¿Cómo es posible que nosotros no hayamos tenido en 40 por ciento de las mesas de las elecciones del 2009 un representante de partido? Nosotros éramos de los que prestábamos representantes a otros partidos para asegurarnos de que nos contaran los votos como debía ser.

RP: ¿Y qué se busca?

EPB: Primero, no poner la carreta delante de los bueyes, organizar el partido, volcarnos a las tareas internas que pasan por la elección de la junta directiva de áreas organización y de distrito. ¿Qué pasa con la elección de delegados?, ¿qué pasa con la elección del Comité Ejecutivo Nacional? Te voy a decir una cosa, yo no soy de los que piensa que tú tienes que ser miembro del CEN para ser candidato, pero tampoco soy de los que cree que un candidato no puede ser miembro del CEN. Las dos cosas son posibles, depende de las circunstancias y del momento. Pienso que algunas de las cosas que nos han hecho daño es haber permitido a miembros del CEN que tienen otros intereses, como representantes de corregimiento, y quizás son los menos conflictivos, pero los diputados… los diputados tienen una vida propia.

RP: ¿Le anima la política?

EPB: Desde el lado en que la estoy viendo, sí. Desde afuera sí, me encanta.

RP: ¿Está abierto a cualquier…
(interrumpe y dice)

EPB: Mira, el que no aspira expira. Pero te digo otra: Hay una gran diferencia entre aspirar y ambicionar. Yo aspiro, no ambiciono.

RP: Si volviera a la Presidencia, ¿lo haría mejor?

EPB: Definitivamente, por supuesto, y la experiencia me ayudaría. Leí en un artículo de uno de los medios locales que la gente, después de los 60 años, tiene más capacidad de lograr entendimiento, de lograr conducciones apropiadas que antes de los 60. No descarta ningún joven, pero es un mecanismo normal del crecimiento humano.

RP: ¿Qué cosas no haría?

EPB: Yo más bien diría qué haría diferente. Demoraría mucho tiempo explicando muchas cosas. Creo que, al contrario, hay que propiciar los escenarios de preguntas, de cuestionamientos y de apertura.

RP: ¿No de cátedras magistrales?

EPB: No. Aprendería a escuchar. Además, escuchando puedes ceder. Yo, por ejemplo, evaluaría mucho más, ahora con la experiencia, sobre todo, el tema de la privatización. Sí, yo evaluaría muchísimo porque las suposiciones que tuvimos en algunos casos, por ejemplo, en la competitividad de la generación eléctrica no se dieron. Entonces hay que buscar los mecanismos de reforma. No es el momento de entrar a explicarte por qué tuvimos que actuar así, pero sí sería el momento de decir que ya tenemos 10 años de experiencia y vamos a ver las cosas que han fallado, las cosas que hay que modificar, y hacerlo. No sé cuál es la mejor opción para el tema del agua. Creo que la privatización ciento por ciento no es buena, pero lo que tenemos tampoco.

RP: Pero es que se dice que las privatizaciones aumentaron los precios de la electricidad

EPB: Eso es falso, la privatización ayudó a que hubiera electricidad, si no hubiéramos hecho aquello tendríamos unas barcazas en la bahía para generar con diésel, y el precio sería el doble de lo que estamos pagando. Porque, acuérdate, cómo ha subido el petróleo desde entonces hasta ahora. Y el consumo cómo ha sido. O en el caso de la venta del 50% del INTEL, ¿qué hubiéramos hecho? Aquí no tendríamos el mecanismo de comunicación que existe en el país, competitivo, no solamente en América, sino en Europa y en el mundo.

RP: Pero usted vendió solo el 50%, ¿el Estado se quedó con el 49%?

EPB: Y de ninguna manera estaría dispuesto a que se vendiera.

RP: El Estado no ha sido partícipe de las directivas, no ha hecho nada.

EPB: El Estado no se ha hecho valer. Tiene dos manos en ese esquema, el de accionista, por un lado, que tú puedes decir que algún grado de pasividad porque quizás no tiene el 51%, pero por el otro lado tienes el Ente Regulador. El Estado tiene toda la capacidad de lograr la política pública de telefonía o de agua que quiera.

RP: Si la gente se lo pide, ¿aceptaría una candidatura?

EPB: La gente no me lo va a pedir. Al final del día, acaba siendo una decisión de un grupo de compañeros. Hay gente que le gustaría. Hay gente que ahora entiende muchas de las cosas que hicimos. Sería diferente, no sé si mejor.

RP: ¿Se le acusó de neoliberal?

EPB: Yo creo que el neoliberalismo trajo cosas muy duras. Lo que pasa es que una cosa es que te guste, que compartas la doctrina neoliberal y otra que no tengas opción. Hubo un consenso de Washington -que era más de Washington que consenso-, que le significó a los Estados pequeños como el nuestro, que teníamos cero financiamiento para electricidad, para agua y para teléfonos. Panamá es el único país de América Latina cuyo Estado tiene 50% de las empresas privatizadas. Porque todos los demás privatizaron al 100%.

RP: Sorprendió a la opinión pública con su apoyo al proyecto de ley 349

EPB: No, no, no. Yo creo en las asociaciones públicas privadas. En el proyecto de ley 349 no creo. Son dos cosas diferentes: Yo creo en el concepto de asociaciones públicas privadas. El primero que originó este tipo de asociaciones fue Omar Torrijos, que las llamó empresas mixtas. Petroterminal es una de ellas. El 349 tiene como defecto que no hay licitaciones públicas, insinúa que se puede meter en los servicios de salud, etc.

RP: ¿Es posible una fusión con el Partido Panameñista?

EPB: Sí. Creo que hay muchas cosas que nos unen. Creo que el panameñismo, al igual que nosotros, tiene bases populares, y sí, es posible. Yo no lo veo como imposible. Depende mucho de las personas que en un momento tomen la decisión de hacerlo o no hacerlo, pero no hay contradicciones.

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